No podría asegurar que te conozco, sería mentirme a mí y a ti, creer ingenuamente que puedo alcanzar el sol con tan solo estirarme un poco. Puedo decir, en cambio, que te intuyo.
En cada palabra que no pronuncias, o en las que mejor dicho, escribes. Porque contactarnos es sólo a través de escritura y palabra. El contacto se ve relegado a la espera, expectativa que puede hacerse eterna o efímera.
Me preguntas a veces si falta mucho para ir a verte, si puedo o no. Lo cierto amor mío, es que de poder, podría salir ahora mismo, publicar estas líneas, y lanzarme a tus brazos en unas horas de carretera.
Podría, pero me da miedo hacerlo.
Miedo a entregarme, a ser tuya, en algo más que un cuerpo que se hace esclavo a voluntad, otorgar sin medida el alma y el corazón, y en ese dar, perderme a mí, y a mi esencia.
¡Cobarde!, sí, lo sé. Lo sabes y yo también, pero al mismo tiempo me entiendes y hasta disculpas. ¿No somos pues, parecidos en espíritu?, ya han sido demasiadas revelaciones para no habernos dado cuenta que tenemos en común más que la música o el poder de la palabra escrita. Lo nuestro es un acercamiento de brío y energía, existencias separadas, sazonadas con idénticas vivencias, mentes disímiles con similares profundidades.
Tú también has pasado por infiernos como yo, has transitado caminos de espinos, y has lastimado tu esencia en el recorrido. Por eso sabrás entenderme, y perdonarme sino me atrevo aún a tomar esa decisión.
También sabes que no es sólo mi duda la que nos separa, sino esta maldita distancia, estos amargos kilómetros que se acortan con una llamada telefónica, una misiva al correo, o un acercamiento en la cámara de un cyber.
¡Maligna casualidad o causalidad!, ponernos juntos, el mismo país, distintas ciudades.
Tú, el irreverente borracho de emociones, coleccionista de pasiones y amores.
Yo, la fluctuante mujer, hoy estoy, mañana ¿quién puede saberlo?.
Tú mi venerado trovador, intrépido reflexivo de las letras, cómodamente instalado en tu cosmos.
Yo, perverso candor, inocencia e ímpetu en la cama, lo mismo te besa, que muerde tu hombría y te marca.
Tú, mi eterno Don Juan, buscando el amor desesperado, sin saber que lo tiene tan cerca.
Somos una constante y una variable, más parecidos que opuestos, imanes que se repelen y atraen, atrapados en el vértice del desconcierto, queremos amarnos y nos da miedo, buscamos lejos, lo que en la inmediatez nos sobra.