Crónicas de calle
Trabajar tiene sus ventajas, sobre todo cuando eres “de la calle”. Cuando se es parte de ese porcentaje alto de gente que se ve caminando, en busetas, que se levantan más temprano que cualquiera. Estar de este lado, implica que se ve mucho más de lo que hay a simple vista, oyes cosas que normalmente no oyes, cuando eres el que está detrás de un mostrador, como cliente.
Hay oficios de oficios, y no todos están dispuestos a desempeñarlos, o se creen capaces de eso. Algunos incluso, se acostumbran a ellos, porque como se escucha decir: “Pana, tengo dos chamitos en casa, y el marido no me da rial, algo tengo qué hacer pa llevar comida a mi casa”. Y no eres quién para juzgar, y menos lanzar discursos morales, no todo el que hace lo que hace, lo hace por gusto, hay quienes no tienen otra salida.
Estás al tanto de realidades que puedes palpar, de las cuales conoces pero pocas veces te percatas, porque vives en una cómoda burbuja. Ser de la calle implica humanizarse mucho más y a veces, darle gracias a Dios por no estar en determinada situación.
El mejor lugar para ver y observar es la calle. Es allí donde reparas en el ciudadano de a pie, ese que mira un escaparate con avidez, más si son teléfonos celulares de última generación, casi siempre es a los jóvenes a quienes ves haciendo cuentas mentales, una quincena, a veces dos…tal vez tres meses y me llevo el celular, el engranaje del cerebro es perfecto, lo oyes trabajar a marcha forzada.
Una buseta, un carrito por puesto, una perrera, encierran a veces los sueños y anhelos de muchos. La cita es un semáforo en rojo, a la izquierda una Trial Blazer azul oscuro, a la derecha, una Tahoe de este año. La señora del puesto de adelante, mira sus dos mil bolívares y la camioneta, apreta con fuerza el billete y una resolución se lee en su rostro, ¿y por qué no?. Ves al viejito, el Don, que sostiene en sus manos un “perolito” de almuerzo, quizás preparado por él, ó, por las manos de una amorosa esposa. A los chamos del “liceo” contando los empates y desempates, o las historias de “somos tú y yo”, con ese acento inconfundible de serie de televisión y sifrino caraqueño: ¡O sea amigui!. Escuchas, sientes y te haces parte de la realidad que te rodea, todo aderezado con el vallenato, la salsa o el reggaeton del chofer.
Los centros comerciales no cobran vida cuando llegan los compradores, ¡no!, empieza mucho antes, con el trajinar a las siete de la mujer que barre las culpas, limpia los sueños y abrillanta las esperanzas. O el pana que limpia los vidrios hasta dejarlos como espejos, que otro ensuciará cuando apoye la mano, aún cuando el cartel anuncia en mayúscula: “no se apoye en el vidrio”.
Hay quien dice que trabajar en tiendas es de esclavos, y puede que tengan razón. El que trabaja en tienda, no es sólo quien te atiende y trata que consigas lo que buscas lo más rápido posible. El que trabaja en una tienda, el que vende, ese que ves a la puerta y va detrás de ti como mayordomo preguntando: ¿en qué puedo ayudarlo?, es el que cuenta y espera ambiciosamente una comisión, para comprar la muñeca, el carrito, el juego aquél que tanto anhela el hijo que espera por el niño Dios. Es la madre, la hija, la hermana que quiere hacer un detalle a su familia, llevando un regalo, y la mayoría de las veces la cena del 24 a la mesa.
Es aquél que arregla la percha que tú mismo has desordenado, “viendo nada más”, la misma percha que hace cinco minutos acababa de arreglar de nuevo. Como ejercicio, imagina que alguien entra a tu cuarto y desordena tu clóset, ¿cómo te sentirías?. Es el mismo principio.
Mientras tú compras, muchas veces sin mirar el precio, ese que te atiende sueña que se hagan las ocho, para cerrar, organizar, acomodar e irse a casa a poner los pies en alto, tal vez salir a tomarse algo, tempranero, que mañana hay que trabajar.
Hablar desde el otro lado es fácil, sumamente fácil. “Esa gente está así porque quiere. El que es pobre, es porque quiere, trabajo sobra”. “En vez de comprarse dos celulares, ¿por qué no compra comida?”, “Anda pa un rancho vale, antenas parabólicas, televisor plasma, lavadora, nevera…¡tienen más que uno!”. Son muchos y variados los comentarios, siempre juzgando, siempre criticando, ver los toros desde la barrera es muy seguro, difícil es sortearlos. El que lo tiene todo, o al menos, de forma más sencilla, casi siempre hace un comentario certero, donde se es juez y verdugo al mismo tiempo. Pocas veces se piensa, internaliza en realidad, que ese que tú llamas pueblo, quiere lo mismo que tú, y hasta a veces con mucha más fuerza. Nada es blanco o negro, y tampoco el mundo son las cuatro paredes que te rodean.
La condición de humano es inherente, pero “ser humano” es algo con lo que no se nace, la “conciencia social” no viene en libros, se despierta y nace en cada quien.
En la vía lo ves todo, desde el indigente, hasta el que anda en zapatos Gucci. En la calle se suman, se restan, multiplican y dividen los sueños y alegrías de la mayoría. En la travesía conoces, adquieres conciencia y aprendes el valor de las cosas. En el camino ves a la gente de verdad, verdad, a la mayoría, esa que trabaja mientras aún tú descansas.
La próxima vez que salgas a la calle, está atento, mira por dónde caminas, cobra conciencia, humanízate, ese que te atiende en cualquier sitio, vive distinto a ti, pero tiene los mismos derechos…y los mismos sueños que tú.
12 Diciembre 2008 a 2:36 pm
Qué grande!!
Habitualmente salimos a la calle como robots, dando pasos maquinalmente y con la cabeza puesta en nuestro destino, sin mirar, sin observar. Somos autómatas, y eso es triste.
14 Diciembre 2008 a 1:52 am
si bueno, no se por que me acorde de esta cancion de barón rojo llamada incomunicación. En la calle se evidencia lo mejor y lo peor de todo, pero por fortuna aún quedan pueblitos donde a las 5 de la tarde los viejos de la cuadra arman su mesa de dominó. No es la gran vaina, pero al menos se ve como hacen de lo cotidiano algo distinto. Muy buen escrito, captura la “pequeña muerte” cotidiana de hacer lo mismo siempre sin hacerlo parecer al menos como algo distinto.