Difamando el sentimiento, o racionalizándolo si sirve de algo
No acostumbro racionalizar, en mí es más fuerte el instinto de “emocionalizar” aunque no exista tal palabra.
Soy imagen de la tranquilidad, sigo respirando, interactúo, cumplo mis obligaciones y hasta me divierto, sin embargo, el cáncer corroe por dentro.
Obsesiva, persistente, constante, ¿Qué tengo de malo?, esa es la interrogante que consume y acelera la espiral de degradaciones. Mi mente funciona distinta a las demás, o eso me animo a creer para no sentirme repetitiva del conjunto, una pieza más elaborada en secuencia.
Se convierte la desesperación en el primer sentimiento que carcome el espíritu, ¿qué hice de malo?, vuelvo a preguntarme, ¿existe justificación alguna para que me mancille tanto y constantemente?.
Me molesta la dualidad de mi ser. Salir corriendo o quedarme, pelear o rendirme. Me causa desazón y angustia, porque en realidad no sé qué camino tomar.
Mi mente me aconseja frialdad, compostura y ecuanimidad, pero no puedo dejar de sentir decepción, ¡qué algo pude haber hecho mejor!.
Tengo muchas preguntas, y nadie a quien pedir respuesta. En vez de soltar amarras, dejar ir el recuerdo, me aferro a él, a ti, porque temo lo que pueda descubrir en soledad.
Descubro, o mejor dicho, acepto que no asumo bien el fracaso, el fracaso en mí es sinónimo de pérdida. Quizás porque en mi infancia me inculcaron que si pierdo, entonces no valgo nada. Siempre hay que ir arriba, siempre mejor, siempre más. Y al final, si ni eso te queda, descubres que has vivido en una mentira.
¿Cómo puedes pedirle aguante a alguien que no ha tenido nada, o que si lo ha tenido lo ha perdido?. Es duro y es difícil, porque cuando encuentras algo, te aferras, te atas a esa pequeña felicidad y no deseas dejarla escapar. Quieres apresurar el tiempo, tenerlo todo de una vez, el sediento que camina en el desierto, al encontrar un oasis muere ahogado en su desesperación. Lo sé, lo sé, reconozco la importancia de cultivar la espera, de saborear, paladear el momento para reforzar el carácter, lo sé. Pero aún así, en la práctica se esfuman las buenas intenciones, y al final, sólo quedamos mis ganas de abarcar, las decepciones y yo.
